Mittwoch, 23. Dezember 2015

Haciendas En Andalucía

Einar Schlereth (textos) y Peter Lembke (fotografías)

Traducción: Ana Asensio y Ernesto Fernández


Hacienda, esta palabra tan sonora nos hace pensar en épocas feudales, tierras ricas y lugares señorales. Éstas aún existen: en los alrededores de Sevilla, nuestro equipo de fotógrafos encontró esta bien cuidada estancia almenada y blanca que florece del barroco sevillano. En sus patios, puertas, en sus arcos, en sus ventanas han permanicido los orígines romanos y las influencias moriscas de forma perceptible e inalterable cuya función originaria era la del cultivo de la aceituna. Las clásicas haciendas, hoy día son propiedad de familias adineradas, y se alzan orgullosas como vestigios de tiempos pasados.
Nuestro objetivo eran las blancas y orgullosas estancias que podíamos observar entre olivares verdes y colinas interminables. Al principio pensamos que eran „Fincas“, pero con uns sonrisa compasiva, nos dimos cuenta de la confusión. Una Finca podía ser tanto un trozo de tierra como una casita, o igualmente hasta un ayuntamiento. Lo que teníamos ante nosotros ojos eran haciendas: lugares con depósitos para el cultivo y aprovechamiento de la aceituna. Además también están las Dehesas,para la industria ganadera, y los Cortijos que se especializan en el cultivo de los cereales. Pero estos lugares históricos, debido a los profundos cambios en la agricultura, difícilmente se pueden encontrar hoy día.
La Torre de Doña María, una de las más bellas haciendas se encuentra al sur, a 20 kms. de Sevilla, se alza sobre un terreno histórico. Su torre árabe pertenecía al conjunto de torres de alrededor de Sevilla, que anunciaban de la llegada de enemigos a la misma, con el sistema de alerta típico de la época de la Edad Media (AWACS=Airborne  Warning and Control System). Por la torre no sólo trepa hoy en día la hiedra, sino también una leyenda.

Foto: Einar Schlereth, autor del texto, en Dos Hermanas con su amigo Augusto Rembrandt (2008) Foto: Pedro Sánchez
Se afirma que Don Pedro El Cruel, alojó allí a su amada María Padilla a la que visitaba en secreto. Las visitas se hacían cada vez más frecuentes y el secreto ya no era tal. Por voluntad de los amantes se dividió la tierra en dos. Francia se apresuró a ayudar a la "reina soltera" e Inglaterra a Don Pedro. En la batalla decisiva Don Pedro fue asesinado a manos de su proprio hermano Enrique.
La historia de las haciendas se remonta atrás, a un tiempo en el queaún no se llamaban así; de hecho, Andalucía no se convirtió en parte de España, hast que los Reyes Católicos terminaron en el siglo XV con el domino de 700 años de los moros. antes de los árabes estuvieron allí los visigodos, antes que éstos, los vándalos, todavía antes los romanos y tiempo atrás los cartagineses y los fenicios. Todos ellos llegaron como conquistadores  a la elogiada tierra de los celtíberos que Estrabón llamó "El Jardín de Hércules" y conocieron así con certeza los terrenos que durante siglos fueron el botín de victoriosos Señores y Caballeros. Todos ellos continuaron lo que los fenicios habían comnzado: el cultivo de cereales y vino para su exportación.
Da. Concha Ybarra en la Torre de Doña María (Foto: Peter Lembke)
La dueña de la Hacienda Torre de Doña María es Doña Concha de Ybarra, una Dama con clase, amable y gentil que es confidente y primera Dama de la Reina madre. Al igual quee todos los proprietarios que tienen casas en Sevilla o Madrid, habitan en ellas sólo por temporadas. Se usan éstas como lugares de ocio, para cazar, para alojar a la familia o para la época de la cosecha. Pero otros eran los tiempos en que la Hacienda se constituía como centro económico, llena de numerosa servidumbre, con caballos, mulas, palomares y gallineros. Sólo el administrador vive aún en la finca   y las estancias de los tra­bajadores permanecen vacías. Ac­tualmente, las aceitunas se preparan en las fábricas ya que su cultivo se ha reducido y su precio baja constante­mente. Por esto se arrancaron los oli­vos y en su lugar se plantó trigo. Du­rante meses el suelo erosionó por las duras condiciones de viento y lluvia Doña Concha se lamenta de todo esto, pero lo que para ella cuenta son los beneficios.

Santa Eufemia la encontramos después de varios días de infructuosa búsqueda; ésta respondía a todos los requisitos que buscábamos con cla­ridad. Así, el azar nos hizo encon­tramos con otra propiedad de la Fa- inilia Ybarra. La Hacienda se en­cuentra al borde de una pequeña me­seta al oeste de Sevilla cuyo punto más alto es de 187 m. En tiempos pasados, este lugar se consideraba la huerta sevillana por excelencia. Es una tierra fértil con sufi­ciente agua para cultivar aceitunas, higos y hortalizas de todo tipo de una excelente calidad. Femando III pudo arrebatar Sevilla a los árabes una vez que consiguió romper la conexión de éstos con el Aljarafe.

Con seguridad se alzaba aquí una villa en tiempos romanos, per­teneciente a un noble y con la cris­tianización de los visigodos se con­vertiría en un convento de monjas. Del año 1698 conserva su forma ac­tual, un buen ejemplo del barroco sevillano. La zona residencial sigue siendo de un estilo sobrio y prác­tico, así como el diseño de las to­rres y dependencias que la compo­nen. También componen Santa Eu­femia una especie de campanario con arcos, pilastras, volutas que concluyen en una cruz de hierro foijado y una veleta. El mirador está techado, adornado en sus cua­tro esquinas por cántaros y una ba­laustrada desde la que se puede ver la casa y los jardines. Una de las
particularidades de esta hacienda es su mirador, separado del resto de la edificación, y la casa de los guar­das. Desde aquí hay un camino ha­cia arriba que conduce a la vivienda creada por un arquitecto francés a finales de siglo y que está pintada de Burdeos y blanco y situada en medio del jardín. La fachada fron­tal está divida por balconadas, mientras que la parte Este tiene ar­cos de mármol para protegerla del calor y de la intensa luz. El armó­nico dinamismo del conjunto de ar­cos se repite en la primera planta de la terraza y una vez más en el columnado patio interior. Antigua­mente llegó a tener la Hacienda, que linda con el pequeño pueblo de Tomares su máximo esplendor.

Pero entretanto, la familia Ibarra ha ido vendiendo grandes partes de las plantaciones de olivo como terre­nos edificables sobre los que se han construido viviendas para la clase media. La dueña de la casa es Doña María Josefa, una dama soltera de duras facciones. Diligentemente nos acompaña a través de las mu­chas estancias solitarias con valio­sos muebles y pinturas que aguar­dan el seguro final de sus días. Así mismo nos brinda algunas breves explicaciones en las que se percibe el poco apego que ella le tiene a es­tas cosas. Ni ella ni Doña Concha saben qué será de sus posesiones. Ambas son la rama de una gran fa­milia en decadencia que como re­presentantes de la alta nobleza te­rrateniente desaparecerán como las propias haciendas que decaen día a día y que finalmente desaparecerán.
Muchas culturas dejaron aquí su huella

Bujalmoro pertenece a Juan de Ibarra, un primo de Doña Concha. El explica el nombre de la hacienda como proveniente de dos palabras árabes: buj = torre y almoroz = ca­rretas. En realidad, una torre de vi­gía de tiempos de los árabes, que servía para el cambio de caballos. En tiempos de la reconquista por los españoles cayó esta gran pro­piedad de 600 hectáreas, que por entonces todavía era una dehesa, en manos de los marqueses de Tarifa, cuyo escudo de armas aún se puede ver en el exterior de la casa. “Los edificios más antiguos proceden del siglo XVII”, nos cuenta Don Juan, “y hasta el siglo XVIII se cul­tivó la vid, hasta que la filoxera la exterminó por completo. Fue en­tonces cuando Jerez se convirtió en la gran ciudad vinícola, gracias a la llegada de nuevas cepas america­nas, y Bujalmoro en una Hacienda más. Y ello significó además una remodelación arquitectónica al por entonces dominante estilo barroco. De aquella época proceden el mi­rador, el pórtico de entrada y “la falsa torre”, el contrapeso de la contundente prensa de aceitunas.
 
En la Torre de Doña María: Einar Schlereth, Rafael Sánchez (Capataz), Peter Lembke y Rafael Rodríguez Román, en 1981 (Foto: Pedro Sánchez)
 
Ésta fue levantada con piedra y barro, una antiquísima técnica de construcción que explica por qué quedan tan pocos vestigios arqui­tectónicos de época temprana. “Cuando yo era niño” dice el se­xagenario don Juan, “aún vi la prensa funcionando, allá por los años treinta. Era una prensa hi­dráulica, construida a principios de siglo. ¡Qué gran calidad la de aquel aceite! No he vuelto a ver uno tan bueno desde entonces. Pero des­pués ya no se pudo competir con las fábricas modernas, y poco a poco todas las antiguas prensas fueron dejando de utilizarse. Y hoy ya no merece la pena ni si quiera cultivar aceitunas para aceite. Por eso se arrancaron los árboles, y en su lugar se cultiva trigo, girasol y maíz. Ésas que ustedes han visto fuera, las que están recogiendo, son aceitunas de mesa”.

Son aceitunas grandes como ci­ruelas, como nunca las habíamos visto antes. Nada de extrañar, pues todas son exportadas a los Estados Unidos. Pero el señor Ybarra ve el panorama muy negro. ¿Por qué? Porque ahora en California, en los antiguos campos petrolíferos, me­dran los olivos, y en pocos años sus cosechas desplazarán del mercado a la aceituna española. Allí se cul­tivan hasta 300 árboles por hectá­rea -en lugar de los 90 aproxima­damente que se venía haciendo aquí antes, gracias a modernas téc­nicas de
irrigación-, lo que conse­cuentemente supondrá un rendi­miento tres veces mayor. De todas formas, para aprovechar las nuevas posibilidades, el señor Ybarra ya ha comenzado a aplicar estas nuevas técnicas en sus campos.

Don Juan parece haber here­dado algo del ingenio empresarial de su tatarabuelo, al que James A. Michener en su interesantísimo li­bro “Iberia” levantó un monu­mento. Aquel Conde de Ybarra, cuyo cuadro cuelga de la chime­nea, vino del País Vasco a Sevilla en su juventud, y levantó un impe­rio empresarial que englobaba desde haciendas a ganaderías, fá­bricas de aceite, compañías navie­ras, e incluso una planta de pro­ducción de caviar, después de que él mismo introdujera el esturión en el Guadalquivir. Como alcalde de Sevilla, además, revitalizó en 1847 la Feria de Sevilla, una tradición milenaria que desde entonces se convirtió en un negocio multimi­llonario y de reconocimiento turís­tico internacional.

Cuando tras horas de conversa­ción dejamos a don Juan, el sol po­niente envuelve el patio interior con una acogedora luz roja, los caba­llos son llevados al abrevadero, y los
jornaleros terminan su jomada de trabajo. ¿Un idilio? Sí, pero con las horas contadas.
La forma básica de la Ha­cienda, uno o varios patios total­mente rodeados por construccio­nes, bien para vivienda o para las actividades productivas, es anti­quísima. La “Villa”, como en fuen­tes romanas fue descrita por pri­mera vez, era una residencia per­manente y confortable, como de­muestran los baños termales halla­dos. Los visigodos, que trajeron a España una forma de cristianismo herético, añadieron a la finca capi­lla y torre de vigilancia. Los moros, con su amor por los árboles frutales y las flores, dotaron sus alquerías de jardines, y construyeron las norias-sistemas de bombeo de agua tirados por muías o asnos- que normalmente se encontraban en el centro del patio. Les daban a las edificaciones una capa de pintura rosácea, tal como aún puede hallarse en algunas haciendas, mientras que el hoy típico color blanco de las construcciones es de fecha mucho más reciente.
Mirador de la Hacienda de Maestre (Foto: Peter Lembke)
Una característica de la hacienda era la viga. Una de las prensas todavía existentes pudimos visitarla en la Hacienda Ibar- buru. La aceituna -de poca carne y duro hueso- era primero pasada por el molino para ser machacada por piedras cilindricas. La pasta se mezclaba entonces con agua caliente, antes de ser llevada a la prensa, cuyo brazo central -la “viga”-, de al menos diez metros de longitud, estaba compuesto por varias piezas de pesada y compacta madera. Había tres rondas de prensado. Las dos primeras proporcionaban un aceite de primera categoría, y la tercera uno de calidad menor.

La mezcla de aceite y agua iba a continuación a la bomba, un re­cipiente de barro de más de tres metros de profundidad, donde el aceite y el agua se separaban de manera natural. El aceite era des­pués repartido en vasijas y llevado al almacén, donde se guardaban los recipientes semienterrados en arena compactada para que no se rompieran. Este sistema de pren­sado de la aceituna parece proce­der de tiempos romanos, sistema que probablemente ellos mismos habían tomado de algún otro pue­blo anterior, pues, como los espa­ñoles, tampoco fueron ellos quie­nes realmente revolucionaron la agricultura. Para la nobleza his­pana el trabajo agrícola o gana­dero era considerado impropio de su dignidad.

Debido a esta actitud no pudieron conservar la avan­zada tecnología de los moros. Las ingeniosas instalaciones de rega­dío árabes decayeron. James A. Michener dio buenos ejemplos de cómo la nobleza eliminó sistemá
ticamente la agricultura española. Los pequeños agricultores libres de las grandes regiones centrales de España fueron así arruinados por los innumerables rebaños de ovejas y cabras de los nobles. Hasta hoy nos llegan las conse­cuencias de su miope visión de vencedores. La extrema sequía del pasado año debe considerarse en relación con la profusa explo­tación de las últimas dos décadas. Si la esquilmación no es rápida­mente detenida, el Sahara pondrá un pie firme en Europa, y las agencias de viaje podrán ofrecer excursiones en camello desde Málaga al interior del país. Los camellos para ello ya existen, del todo asilvestrados en las Maris­mas, cuyas extensos humedales en la desembocadura del Guadal­quivir sirven de estación de paso para las aves migratorias en su ca­mino entre Africa y Europa.
Nota
* Artículo publicado en la revista ale­mana ‘architektur und wohnen = Arqui­tectura y vivienda’ en su número 2 de 6 de junio de 1984.

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